
Una lectura de Entre el tiempo mortal y el tiempo monumental: “La señora Dalloway”, de Paul Ricoeur. (Tiempo y Narración – Configuración del tiempo en el relato de ficción).
Por Cecilia Sorrentino
En Tiempo y Narración, Paul Ricoeur hace un análisis de La Señora Dalloway, de V. Woolf en el que indaga en la experiencia del tiempo que la configuración narrativa de la novela proyecta hacia el lector.
La trama de la novela, dice, es simple: se trata del relato de acontecimientos que suceden a lo largo de un mismo día de junio de 1923. La Primera Guerra ha finalizado hace pocos años. Clarissa Dalloway, una mujer de la alta sociedad londinense dará una recepción en su casa por la noche. Treinta años antes, ella estuvo a punto de casarse con Peter Walsh, un amigo de la infancia cuyo regreso de la India aguarda en esos días. Richard Dalloway, a quien ella prefirió finalmente, su marido, es un parlamentario importante aunque no brillante.
Hay un “segundo foco” que ilumina al joven Septimus Warren Smith, ex combatiente durante la guerra. Su locura lo conducirá al suicidio.
Si bien Séptimus no pertenece al círculo de Clarissa, hay otro personaje, un célebre médico también invitado a la fiesta, que comunicará la noticia de su muerte en plena recepción.
Allí se cierra la trama, definitivamente simple.
La técnica narrativa, en cambio, es sutil y se configura a través de una serie de procedimientos que Ricoeur explica así:
El tiempo narrado progresa retardándose. El mundo de la acción cotidiana y el de la introspección -es decir, el de la interioridad de los personajes- se entretejen en destellos de recuerdos, suposiciones, conjeturas, secretos. Y esos pensamientos silenciosos amplifican e intensifican el tiempo narrado desde el interior.
Virginia Woolf se congratula en su Diario del descubrimiento y la aplicación de esta técnica que describe como un proceso semejante al de excavar túneles bajo la conciencia de sus personajes y conectarlos de modo que una red de cavernas “venga a la luz en el momento presente”.
Para un análisis más atento a la pintura de caracteres de los personajes este recurso explicita la densidad psicológica de los mismos. Las suposiciones, las ideas sobre sí a las que se entrega cada uno son, muchas veces, discordantes. Es que ellos están tomados por una incesante búsqueda de sí mismos y, en ese sutil juego de identidades e identificaciones, el lector queda con las piezas sueltas. No se podría pensar de Séptimus que simplemente expresa el sinsentido, ni de Clarissa, que es definitivamente frívola.
En principio, vale decir que el narrador logra, de parte del lector, la concesión de un “privilegio desorbitado”: no sólo el de conocer desde el interior los pensamientos de todos sus personajes sino, además, la posibilidad de pasar del flujo de una conciencia al de otra. Esto permite que, a partir de una unidad de lugar o de instante –el mismo parque, el mismo incidente (el paso del coche en el que posiblemente se desplaza el Príncipe de Gales)- se produzca la dispersión de los recuerdos de distintos personajes. El efecto de resonancia compensa las rupturas causadas por el salto de una conciencia a otra y dibuja pasarelas “entre temporalidades extrañas entre sí”.
Esta configuración narrativa lleva a que narrador y lector compartan una gama de experiencias temporales. El tiempo cronológico, público, el de las horas que da el Big Ben, el tiempo que es el mismo para todos. Y un tiempo que no es sólo el de los relojes; es también el tiempo de la historia monumental: el tiempo histórico de la capital imperial (pensemos que “el tiempo del mundo” fija la hora cero en Greenwich), el de las figuras de la autoridad y el poder que incluye, por ejemplo, al eminente Dr. Bradshaw.
Finalmente, la reiteración del golpe de las horas es uno de los recursos de esta ficción para seguir las sutiles variaciones entre el tiempo de la conciencia y el cronológico. La hora es irrevocable para todos. No obstante, la hora no es igual para todos.
Refiriéndose a esta novela, escribe Virginia Woolf en su Diario: “Bosquejo aquí un estudio sobre la locura y el suicidio; el mundo visto por el cuerdo y visto por el loco están uno junto al otro…”
La creación de sentido proviene de la yuxtaposición de la experiencia del tiempo en Séptimus y en Clarissa. Y, sobre ésta, otras: la de Peter Walsh, la de Elizabeth, la de Rezia…
La experiencia que se abre al lector de esta novela es una red subterránea que enlaza personajes cuyos destinos y visiones del mundo aparecen yuxtapuestos. No se trata de la experiencia de Clarissa, ni la de Séptimus, ni la de Peter, sino de un juego de ecos: la “resonancia de una experiencia solitaria en otra experiencia solitaria”.