Por Cynthia Rimsky
Nuestro imaginario de la selva tiene su origen en la infancia, en los sueños alimentados por las películas, las series de televisión y los libros. Si pensaba en un paraje al que irme, lejos de mis padres y en rebeldía con ellos, inmediatamente se me venía en mente la selva. Allí no iban a encontrarme y viviría libre, sin necesidad de vestuario, formalidades, deberes. Por supuesto, los animales no eran salvajes o solo hasta que uno los conocía y para alimentarse bastaba subir a un árbol.
La selva remite a uno de los pocos territorios vírgenes que quedaban sin explotar en el planeta y ahora último, a uno de los muchos territorios que viven la explotación más descarnada. Chachapoyas se promociona como la entrada a la selva peruana; como todas las autodenominadas puertas, al desierto, a la selva, a la estepa, es falsa. Los hostales y hoteles son al mismo tiempo agencias turísticas. Al principio sorprende que los precios de los cuartos sean baratos, después aparece que el negocio son los tours asociados al hotel y a la agencia. Prácticamente te obligan a coger uno diario y, cuando inquieres si hay posibilidad de viajar sola o de ver otros lugares fuera de los tours, no se puede o no dan la información.
Escapé en un auto colectivo a un pueblito cercano donde había un mirador que, según me dijeron, estaba a media hora a pié. Cuando ya llevaba una hora, un hombre en motocicleta que había pasado llevando a una mujer y un niño, regresó a buscarme al ver que me quedaban 2 horas más de caminata. Allá coincidí con dos jóvenes bastante alocados que me bajaron en una pequeña motocicleta hasta una quinta de recreo. Según ellos, si quería conocer la selva, debía ir a Condorcanqui. De regreso a Chachapoyas, entré a un local del mercado y, al levantar la vista del plato, encontré un afiche invitando a viajar a Condorcanqui y me dije que las casualidades no existen. El dueño del hostal guardó silencio, pensé que yo significaba un tour menos. Cuán equivocada estaba.
No recuerdo a cuántos autos y buses me subí hasta instalarme en el furgón que iba a Condorcanqui. Estaban ensanchando el camino, la tierra era roja, y esperamos dos horas a que abrieran el tránsito. Me sorprendió el número de colectivos que hacían el trayecto y la necesidad de construir un camino de cuatro pistas. Pasó todo el día y llegó la noche. El paisaje se tornó azul. No había alumbrado público y cuando llegamos, me metí al hotel.
Temprano por la mañana salí a la selva real. Me habían dicho que desde allí partían embarcaciones hacia un parque nacional. Me sentí como en una película del oeste, había llovido, y la única calle era un lodazal. A ambos lados estaba repleto de improvisadas tiendas con armazón de fierro, que vendían al aire libre mercadería hecha en Corea; plástico, fibra de vidrio, nylon, goma. En ambos sentidos pasaban los autos colectivos trayendo y llevando personas que, hambreadas en sus pueblos de origen, venían a hacer dinero fácil y rápido. Por todas partes había basura, ruido, música barata a todo volumen, borrachos y restaurantes insalubres que hacían la américa alimentando a los que venían a hacerse la américa.
Desde que abrieron el camino habían dejado de correr las embarcaciones. El negocio se lo llevaban los colectivos, que pertenecían a los afuerinos. El diseño del pueblo era precario o inexistente; a nadie le interesaba establecerse, solo sacar dinero, materias primas, lo que fuera. Y sobre todo esto, la iglesia y la escuela, garantes de la civilización, en cuyo nombre, había llegado hasta aquí el progreso.
El río estaba contaminado. En la otra orilla vivían los indígenas que durante siglos fueron los únicos habitantes del lugar. Crucé en un bote a remos. Una calle de tierra avanzaba entre dos hileras de casas fabricadas con caña, paja, troncos, limpias y con lo necesario para comer y dormir. No había comercio, ruido, agitación, gritos, se escuchaban los pájaros, el viento y el río. Conversé con un dirigente del pueblo que iba con su familia al otro lado. Me contó lo que yo había visto: primero vino la iglesia, después la escuela, el camino, la policía, las empresas de explotación de recursos naturales, el comercio, la delincuencia. Ellos no pueden hacer nada contra la civilización que los ha invadido, solo les queda enviar a sus hijos a la escuela para que aprendan el idioma y una profesión con la que defender a su gente de la expoliación. El costo de esta defensa lo deberán pagar con la tierra que aún les pertenece.