Por Ariel Bermani
No escribimos para publicar. Escribimos para pasarla bien, para disfrutar. Escribimos para inventar otra realidad. Una realidad privada, sólo nuestra. Escribimos porque sí, porque nos da placer.
Pero no escribimos para publicar. Publicar forma parte de un proceso que tiene otras características. Muchas veces es azaroso. Y no cambia demasiado la vida del autor, el hecho de haber publicado tres libros, uno o la cantidad que fuera.
Escribimos para jugar con las palabras, ordenarlas, hacerlas crujir, brillar. Escribir es inventar una lengua propia: a eso le dedicamos la vida.
Publicar es asistir, asombrados y felices, a un espectáculo extraño: tu libro ya no es tu libro. O es tu libro pero también es de otros. Y a medida que pasa el tiempo te vas olvidando de que lo escribiste, porque publicar tiene una cualidad terapéutica, borra la escritura pasada. El libro queda y también se pierde, pero la escritura de los nuevos cuentos, poemas y novelas ensancha el territorio del escritor y aumenta el desfasaje entre lo que publicás y lo que estás escribiendo. Se publica con retraso. Siempre el libro queda viejo, si lo comparamos con la escritura del presente.
No escribimos para publicar, pero publicar produce una especie de alivio provisorio y es una de las maneras en que empieza a completarse la serie: autor-lector. Alguien escribe, alguien lee y asistimos entonces a la renovación del pacto.
No escribimos para publicar, pero sí escribimos para encontrarnos. En principio, con nosotros mismos. En segundo lugar, con los demás. Entonces aparece una zona distinta que es casi tan placentera como el momento de la escritura: los amigos escritores y los amigos lectores. Los amigos y compañeros de taller. Los amigos y los desconocidos con los que intercambiamos opiniones sobre nuestros textos y los textos de otros. Existe un nexo entre la escritura y la publicación. Ese nexo está constituido por los amigos que también escriben. O que no escriben, pero leen: endureciéndose y sin perder la ternura.