Por Cynthia Rimsky
Frente al paradero del autobús, en Los Molinos, del lado de la colina y no del mar, hay dos casas. El propietario del terreno vive en la del fondo. Hace algunos años se vio obligado a vender el paño de la entrada a un hombre que vive en Valdivia. El nuevo dueño levantó su casa entre las mismas cotas de la casa del antiguo dueño, y le tapó la vista al mar. Ni siquiera en el segundo piso le dejó al antiguo propietario horizonte. El nuevo dueño pudo haber pasado por alto en los planos que su casa ocultaría el paisaje que los antiguos dueños llevaban generaciones contemplando, pero cuando comenzó a visitar el terreno para supervisar la construcción, es imposible que no lo haya notado. Habiendo construido el primer piso, tuvo la oportunidad de cambiar el diseño del segundo para permitir que su vecino retuviera una parte de la vista al mar en los dormitorios, pero dejó que la obra siguiera su curso. El antiguo dueño debió advertir que la nueva casa le quitaría para siempre el paisaje que llevaba años contemplando. A partir de ese momento, ¿cómo hizo el nuevo dueño para ver a su vecino a los ojos? ¿O la solución es más simple y el nuevo dueño no volvió a mirar a su vecino a los ojos?
Me pregunto estas cosas en la lancha que me lleva a Corral. Hace unos días, estando en el continente, escuché pasar repetidas veces un helicóptero y luego un barco de la Armada. El cuidador de las cabañas me cuenta que desapareció un pescador. Ahora que cruzo el canal por todas partes hay botes. Los pescadores esperan con la cuerda en la mano a que los buzos suban con alguna noticia. Voy rumbo a Chaihuin. Ignoro dónde queda o qué puedo encontrar. Los paquetes en la vereda señalan que ese lugar es el paradero del bus rural. Las mujeres esperan en la calle junto a los paquetes. Una de ellas saca bolsas de un saco para meterlas en otro. Se aproxima un viejo autobús. Hay más paquetes que pasajeros. Al ayudante del chofer le da pereza subirse al techo, así que los deja en el pasillo, pero una mujer compró una estufa y se ve obligado a encaramarse al techo. A punto de partir, la mujer de la estufa no encuentra la bolsa con la carne. Las pasajeras comienzan a revisar sus paquetes por si también se les extravió algo. Hablan a grito pelado sobre los paquetes que han perdido en autobuses. La mujer que no encuentra la bolsa con carne decide subirse al techo y la encuentra amarrada a la estufa. Se hace necesario desatarla, porque la mujer desea llevar la carne donde sus ojos la vean. El autobús avanza una cuadra y se detiene a recoger a un hombre con un gran bulto. El ayudante sube al techo y lo amarra. El autobús se detiene en la gasolinera. La mujer que compró la estufa aprovecha para pedir al bombero si tiene un bidón, lo llena con parafina. El ayudante trepa al techo, desata la estufa y la vuelve a amarrar con el bidón. Doscientos metros más allá, un hombre detiene el autobús para pedir al chofer que por favor deje dos baldes en casa de una persona de El Morro. El ayudante echa los baldes arriba. Una mujer encarga al chofer un paquete para El Huilo. En las siguientes paradas suben un balón de gas para el depósito de Chaihuin y un brazo de reina para la señora Marta. Los paquetes ocupan el pasillo, los asientos, el espacio bajo los pies y sobre las cabezas, deciden en qué lugar se detendrá el autobús y en cuál pasará de largo. Cuando los pasajeros solicitan al chofer una parada, este los mira como si fuesen una carga.