Por Cynthia Rimsky
Me dicen que a las 11 partirá una convy desde la plaza. Cuando paso por la oficina de turismo me advierten que al chofer se le murió un pariente, pero hay otra que lleva a los maestros a las 11:30 AM. Como al mediodía no aparece, me acerco a unas personas que podrían ser maestros, pero van a un pueblo distinto. Un taxista adormilado acepta llevarme al camino para hacer dedo, en el trayecto me dice que a esta hora no voy a encontrar a nadie que me levante, y negociamos un precio hasta el pueblo de V. a 18 kms de distancia.
En la conversación me cuenta que se vino hace cinco años de la capital, adonde llegó a tener, en sociedad con su madre y su novia, una agencia de taxis. En 10 años le robaron 6 automóviles, la agencia, la casa de su madre y la suya. Los ladrones estaban dateados; cuándo la madre atendía la agencia, entraban a la casa de la madre; cuando la madre estaba en su casa, se metían a la de él. Cuando estaban los tres en sus casas, robaban la agencia. Un día estaban los tres en la agencia y tuvo un momento de iluminación; les dijo a su madre y a su novia; “mírense, en estos momentos los tres andamos armados y con chalecos anti balas, mi madre tiene tres perros en su casa y yo una reja y alarma. Esto se acabó, no podemos seguir viviendo así, nos vamos”. Ahora vive en el pueblo de S, trabaja un solo taxi, se aburre, pero vive tranquilo.
V. tiene tres mil habitantes, calles de tierra, casas sin rejas. La única novedad que altera el silencio y la dejadez son los obreros que construyen el camino de acceso. Al mediodía los curiosos se detienen a la sombra para verlos trabajar. En la sede comunal, las mujeres hacen gimnasia aeróbica bajo la aburrida vigilancia de los niños. Los negocios cierran a la una de la tarde y abren después de la siesta.
El alojamiento rural queda en las afueras. Al igual que el taxista, la dueña también se vino de la capital después que un ladrón encañonó a su hija menor de dos años para robarle. “Es lo más fuerte que he vivido”. Poco después a su nieto adolescente lo asaltaron y decidió venirse. En los siguientes tres años llegaron la madre del adolescente y su otro hijo. El yerno espera liquidar su negocio en la capital. “Aquí la vida continúa siendo tranquila; a pesar de que han desaparecido algunas gallinas y corderos, suponemos que solo es gente que se las come”.
Viven rodeados por gansos, patos, faisanes, gallinas, gallos, corderos, chanchos y vacas, con árboles centenarios, entre ellos un árbol llamado Paraíso. Y eso parece el lugar. Por la noche escucho el canto de los grillos y por la mañana me despierta el cacareo de las gallinas. Son gente de paz. A pesar de que el perro mató unos corderos, en vez de sacrificarlo, como estipula la tradición del campo, lo amarran por la noche y en el día le enseñan. La hija de la mujer se ofrece gentilmente a mostrarme el camino hacia el pueblo, me dice que últimamente se han producido robos aislados y culpa de ello a la droga. “Antes la iban a comprar a la ciudad, ahora hay cuatro traficantes”. Cuando le pregunto qué droga, no sabe. Supongo que son cosas que oye. En todas partes, culpan de la violencia a la droga. Es curioso, no culpan a la explotación, al empobrecimiento, a la falta de oportunidades, sino a la droga.
En el centro todos están dispuestos a conversar y coinciden en que es un pueblo tranquilo en demasía; al acercarse la noche, en las conversaciones se desliza la otra cara de la tranquilidad, el cierre de las dos únicas fábricas que ofrecían trabajo, la quiebra de los negocios, un alcalde re electo tres veces que nunca está, la flojera, el decaimiento.
De regreso al alojamiento, delante de una casa se congrega un grupo de gente y un auto de la policía. Influida por esta imagen, reparo en que el paraíso donde alojo está rodeado en sus cuatro costados por las villas donde viven los que perdieron su trabajo; las ventanas no tienen vidrios, hay basura, maleza, moho, niños sin zapatos que miran desde la falta la riqueza en la que viven mis anfitriones.
Por la mañana me entero que en la casa donde ayer estaba la policía, asesinaron a un anciano con un palo en la cabeza. Ayer era día de pago de los pensionados y se supone que lo mataron para robarle los 100 mil pesos. El primer sospechoso fue el loco del pueblo. Hoy se habla de dos adolescentes. La vieja y su hija andan toda la mañana por el jardín, plantan, alimentan a los animales, cuidan, en silencio. Desde la iglesia donde velan al anciano se escuchan las campanas.
Recuerdo estoy hoy, acaban de avisarme que ayer entraron a robar a mi departamento. Era el único del edificio que se había salvado de las palancas. Todos los demás pusieron rejas. Me negué hasta ahora. Lo curioso es que la única forma de enfrentar la inseguridad es uniéndose, pero tras las rejas, nadie se escucha ni se ve. A diferencia del taxista y de la dueña del alojamiento, ya aprendí que el Paraíso es un árbol.