
En general, uno cree que tiene talento, porque se considera talento el don de asimilación y la facilidad de escribir. […] ¿Cómo se puede llegar a saber si realmente se tiene talento y si lo que se escribe vale la pena? No hay más que un medio: preguntárselo a los demás.
Es conocida la historia de Flaubert. El futuro autor de Madame Bovary reunió una noche a sus amigos, Bouilhet y Ducamp, para leerles la primera versión de la Tentación de San Antonio. El resultado de esa lectura fue desastroso. Se consideró que aquello era pura retórica y que había que comenzarla desde el principio. El bueno de Flaubert no aceptó ese veredicto sin resistencia. Sin embargo se sometió, y fue entonces cuando se decidió a escribir Madame Bovary, tema realista que debía reprimir su temperamento lírico.
La vida de Flaubert es el más bello ejemplo de modestia y trabajo que nos ofrece la historia de las Letras francesas. Tenía una confianza absoluta en los consejos de Bouilhet y le sometía todo lo que escribía. Flaubert y Bouilhet se complementaban el uno al otro. « Está demostrado, dice Cassagne, que el sentido común de Bouilhet templó a menudo las exageraciones imaginativas de Flaubert. Madame Bovary y Salammbô fueron escritas bajo la atenta mirada y el control de Bouilhet; y, cuando su amigo murió, Flaubert pudo decir con razón que «había perdido su conciencia literaria». Por el contrario, Bouilhet no compuso nada sin consultar a Flaubert; y, en las horas de desánimo y de lasitud, era Flaubert quién le daba ánimos y lo reconfortaba.
Maupassant, en sus inicios, sometía a Flaubert todo lo que escribía. El autor de Madame Bovary le impartía un auténtico curso de estilo, suprimía los epítetos, eliminaba las banalidades, suprimía los verbos, y sobre todo le impedía publicar nada antes de que no estuviese completamente maduro. Fue de ese modo como, escuchando dócilmente esos consejos, el autor de Boule de Suif formó ese estilo de una tan admirable claridad, ese estilo vigoroso y sano que los jóvenes de hoy en día no conocen ya.
La inconmensurable vanidad de los autores impide, la mayoría de las veces, este intercambio de direcciones y de buenos consejos. Y sin embargo los mejores escritores no componen todos los días obras maestras. Leemos una novela; las cien primera páginas son perfectas, el tono es excelente; de pronto, sin razón, es brutal, falso; uno queda consternado, diciéndose: «¡Ah! si el autor hubiese consultado a alguien que lo hubiese vuelto a poner en el buen camino!»
Extraído del capítulo XVII del libro Comment on devient écrivain. Antoine Albalat.
Tomado de Sinjania.