Por María Belén Briasco
La autora de El amor es atroz y creadora de diecinueve obras cuenta sus inicios en la escritura y cómo, tras recibir más de cien premios y ser leída en Estados Unidos, decidió ser una escritora con los pies sobre la tierra y no creérsela. Mabel Pagano escribió durante toda su vida. Participó en certámenes, ganó premios, conoció a Jorge Luis Borges. Sus novelas no solo se leen en Argentina, sino que son material de estudio en la universidad de Redlands, California, Estados Unidos, entre otras instituciones prestigiosas. ¿Por qué la obra de Mabel no es debatida en los medios de comunicación? O mejor aún, ¿por qué su obra no es relanzada como parte de la estrategia de marketing de las editoriales mainstream? La respuesta quizás está en los personajes y en las historias que Mabel creó a lo largo de estos años. Mujeres anónimas que tuvieron un rol en la historia de nuestro país, que se jugaron por sus ideales. Ante esta certeza, ahora es más que claro el motivo por el cual Mabel no está en primera plana. Y es que el capitalismo editorial nada sabe de historias reales, de convicciones, ni de sacrificios. Lo que vende, vende. A pesar de esto, Mabel Pagano sabe muy bien que el reconocimiento, siempre posible a partir del juicio externo, no está vinculado a la calidad ni a lo que se dice en una obra literaria. Lo dejó bien en claro en la entrevista exclusiva que brindó a este medio, donde no se privó de opinar de la situación política del país.
¿Cómo te iniciaste en la escritura?
Empecé a escribir a los dieciséis años, poemas de amor. Los tiré algunos años después porque eran muy malos. A los veintidós, aproximadamente, empecé con los cuentos y después de los veinticinco, escribí mi primera novela. Considero mis maestros, dado que hice cursos con ellos, a Marta Lynch e Isidoro Blaisten. Pero, sin duda, aprendí mucho también de lo que he leído. A partir de los doce años empecé a leer, de todo, sin disciplina y atropelladamente. Con el tiempo me hice más selectiva y exigente con los libros.
¿Y esos inicios te incitaron a ser escritora?
La decisión, en realidad, no la tomé yo, sino que fue una consecuencia de un acto fortuito, muy auspicioso y afortunado, por cierto. A los veintiséis años gané el primer premio de un concurso de cuentos que hizo la revista Para Ti, de Editorial Atlántida, en el que participaron ocho mil trabajos. Ellos publicaron el texto ganador. Así quedé conectada con la editorial y publiqué con cierta regularidad – un cuento por mes en general – en la revista citada.
¿Hay un “decálogo del oficio del escritor”?
La regla de oro es la constancia. Perseverar contra todo y contra todos. El camino del escritor es difícil, plagado de escollos, de dificultades, de incomprensión. Pero a cada “no” hay que contestar con un “no importa, yo sigo en este camino”. Un buen método para ir logrando cierta ubicación, son los concursos. Muchas bibliotecas, centros culturales, distintos medios, convocan a certámenes. Bueno, como en la caza, “hay que tirarle a todos los patos”, alguno va a caer. Un concurso que se pierde no es un fracaso sino un tramo que se supera para participar en otro. Lo digo con conocimiento de causa. He ganado ciento dos premios literarios, pero participé en quinientos, aproximadamente. Es como en la lotería, no se puede pretender ganar, si no se juega.
Dentro de tu obra el relato histórico realista ha sido la propuesta preponderante. ¿Cómo es el proceso de investigación previo al momento de escribir?
La investigación lleva más tiempo que la escritura, para mí al menos. Una vez que tengo la investigación hecha, cosa que por ahí me lleva un año -esto depende de la facilidad con que encuentre la documentación- la novela puedo escribirla en seis meses. Indudablemente, que no se puede abusar de los datos históricos, a pesar de la tentación que eso produce. Uno sabe mucho y quiere poner mucho. Pero lo que hace atractiva a una novela, es la parte de ficción. Entonces, la tarea es tomar un episodio y usar la imaginación, siempre dentro de lo que el hecho histórico marca. Digamos que es tomar un árbol e ir poniéndole hojas, flores, frutos también, para que el texto sea llevadero a la vez que no pierda el perfil histórico.
¿Cuál es tu experiencia a través de los circuitos de “legimitación” para un escritor argentino?
No puedo quejarme, si bien la mayor parte de mi obra es conocida en Córdoba, porque mi editorial es cordobesa y es muy difícil para una editorial del interior hacer pie en Buenos Aires. Creo que lo que legitima a un escritor no tiene que ver con el medio en el que se mueve, sino que está dentro de sí y de sus libros. La sinceridad, la coherencia y la fidelidad con su obra. Lo que refleje en ella es lo que le dará trascendencia, o no. Y eso es para los escritores de todo el mundo. Algunos trabajos míos llegaron a Estados Unidos, a través de profesores/as de distintas universidades que los leyeron y se interesaron para darlos en sus clases. Las universidades estadounidenses dedican un presupuesto importante para comprar mucho de lo que se edita fuera de ese país. Tienen bibliotecas muy completas y actualizadas. De allí toman los libros los docentes y en función del interés que les despiertan algunos, deciden trabajarlos en sus cursos. Luego, muchos de ellos se contactan con los autores y a veces, hasta aprovechan algún viaje a la Argentina para conocerlos personalmente.
¿Qué escritores te interesan?
De los actuales me interesan pocos. Me he decepcionado bastante leyendo libros de los últimos diez años. Salvo algunas excepciones de gente de mi generación, María Rosa Lojo, Silvia Miguens, Elsa Drucaroff, Daniel Guebel, Marcelo Figueras, prefiero los autores de la generación anterior, Mario Vargas Llosa, Jorge Amado, Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Elena Poniatowska, José Donoso, Mario Benedetti, Manuel Scorza, entre los extranjeros. Argentinos, Haroldo Conti, Abelardo Castillo, Sara Gallardo, Manuel Mugica Láinez, también mis maestros, Marta Lynch e Isidoro Blaisten. Y los eternos, claro, Borges, Bioy Casares, Mallea, Catherine Mansfield, Virginia Wolf, Carson McCullers, Flannery O´Connor, Cesare Pavese.
¿Cuáles son tus temas predilectos y cómo se rozan, se evaden o se confrontan con cuestiones vinculadas al contexto social, político y cultural?
A mí me ha interesado siempre el contexto social. Soy un “bicho” político, muy comprometida con la realidad de nuestro país. Mis primeros libros son reveladores de esta postura. Posteriormente, me dediqué a “rescatar” del anonimato a mujeres valiosas que tuvieron actuaciones preponderantes en el devenir de nuestro país y que han sido ignoradas por la Historia. Con respecto a la parte final de la pregunta, los temas de mis novelas revelan que las cosas no han variado mucho. Se repiten las injusticias y los atropellos.
Como escritora cuya carrera comenzó en los años 70, ¿cómo funciona hoy la relación entre literatura y política?
En aquellos años setenta, me parece, había más escritores comprometidos con la realidad que se vivía. Lo prueban los secuestros y persecuciones a escritores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y Antonio di Benedetto, por ejemplo, por citar solo a tres. En estos tiempos no sé si por moda o por miedo, hay mucho “escapismo”. Pocos escritores se animan a revelar el estado de las cosas en su justa medida. El auge de la novela romántica, con mucha adhesión en cuanto a seguidores y ventas, comparado con otras obras en las que aparecen espacios dedicados a lo social y a lo político, muestra ese afán por evadirse en escritores y lectores, más allá de las consideraciones sobre la calidad de las obras.
¿Cuál es el valor de esos premios al momento de escribir?
Los premios me dieron fuerzas para seguir. Ese empujón que a veces hace falta cuando el medio editorial se pone hostil. El reconocimiento público en cuanto a impulso es relativo. Muchas veces tiene que ver con modas, con tendencias y no con calidad literaria. Creo que el que es escritor de verdad, lo único que necesita para sentirse satisfecho, es poder escribir. Si publica, mejor, si sus libros se venden, mejor. Pero correr tras el reconocimiento es engañoso y la realidad aparece muy pronto para hacer que quien “se la ha creído”, ponga los pies en la tierra.
Realizada en el marco del curso Periodismo cultural: la reseña, el artículo y la crónica.