Por Tennessee Williams
El proceso por el que se me presenta la idea para una obra ha sido algo que nunca he podido concretar. Una obra parece simplemente materializarse, se va definiendo más y más, como una aparición. Al principio es muy imprecisa, como en el caso de Un tranvía llamado deseo, que fue posterior a El zoo de cristal. Tenía simplemente la idea de una mujer en los últimos años de su juventud. Estaba sentada sola en una silla junto a una ventana con la luz de la luna derramándose en una cara desolada, y el hombre con quien iba a casarse le había dado plantón. Creo que estaba pensando en mi hermana porque estaba locamente enamorada de un joven en la Internacional Shoe Company que le hacía la corte. Era muy guapo, y ella estaba profundamente enamorada de él. Cuando sonaba el teléfono casi se desmayaba. Creía que la llamaba para quedar con ella, ¿sabe? Se veían casi todas las noches y después, simplemente dejó de llamar. Fue entonces cuando Rose empezó a sufrir desequilibrios mentales. De esta visión surgió Un tranvía llamado deseo. En aquel entonces llamé la obra La silla de Blanche a la luz de la luna, que era un mal título. Pero fue a partir de aquella imagen, sabe, de una mujer sentada junto a una ventana, como surgió.