
Por John Banville
El artista no existe. Yo escribo, y lo que escribo me hace a mí y ambos estamos en el mundo, pero no soy relevante. Además no siento ninguna verdadera conexión con el mundo de donde vienen estos libros, mi conexión es con el libro que voy a escribir. Repito mucho lo que decía Kafka, eso de que «el artista es el que no tiene nada que decir». Lo que no significa que no quiera decirlo. Pero no me veo como alguien que tenga nada que aportar al debate social o político. Una de las cosas que se necesitan para ser un gran personaje es no tener sentido del humor. Napoleón, por ejemplo, no tenía ningún sentido del humor, y claro, ningún sentido del ridículo. Pero yo me siento profundamente ridículo. Los grandes pronunciamientos que los haga otro, no yo.
A pesar de que los artistas y los escritores somos grandes egomaniacos, hay otra cara en la que no tenemos ningún sentido del yo. Somos al mismo tiempo ególatras y humildes. Y eso viene del hecho de que las cosas que nos proponemos lograr no las logramos jamás. El destino natural del escritor es un destino de fracaso cotidiano. Cada frase no es más que la prueba de un fracaso. Mi amigo Martin Amis dice que cada página es testimonio de al menos 200 errores. Y digo que de 4.000. Estamos acostumbrados al fracaso, y ese fracaso nos hace humildes. Mientras, al mismo tiempo, seguimos siendo ególatras, predicando con la bandera en alto.