
Por John Updike
Desde mi más tierna infancia me he sentido atraído por los materiales de mi arte, por los lápices, por el papel, y más tarde, por la máquina de escribir y por el despliegue completo de la imprenta. Tras haber estado casi treinta años de mi vida ocupándome de la fabricación de libros, sigo admirando el proceso técnico y el acto mágico consistente en poder condensar los recuerdos, las visiones y los pequeños descubrimientos en signos oscuros que se pueden reproducir cómodamente numerosas veces. Expandirse así, en una especie de lluvia de confeti que cae sobre los hombros y la cabeza del género humano cuando atraviesa las puertas de las librerías y pasa las páginas de las revistas, es un privilegio inmenso y es un desafío lanzado a las leyes terrestres que dictan la manera en la que lo seres humanos entran en contacto. Esta expansión entusiasta de los límites habituales del espacio se acompaña de un eventual desafío a los límites del tiempo –la esperanza de ser leído, entendido y apreciado después de la muerte–. Escribir es verdaderamente un acto maravilloso y el escritor es envidiado con justo título por aquellos que penan durante largas horas y ven el fruto de sus esfuerzos desvanecerse en la agitación de las exigencias humanas.
Pero, se dirá, ¿no debe haber un contenido, un mensaje en esos libros? Presumo que mi placer desinteresado en el juego de la creatividad está acompañado del deseo egoísta de expresarme y de imponer mi realidad a los demás. Los temas de mis primeros libros fueron la saga de mi madre y de mi padre, los colores y los matices específicos de mi Pensilvania natal. Luego, lentamente, pude aprender y formular ciertas escenas de mi Nueva Inglaterra de adopción, así como ciertas verdades, que me parecían sorprendentes, sobre la vida adulta, la familia y la sociedad americanas. Siempre he necesitado, para comenzar a escribir, la sensación de revelar algo que no ha sido aún revelado totalmente –ni por Sinclair Lewis, ni por Faulkner, ni por mis hábiles compañeros de las páginas de The New Yorker–. Siempre me han atraído los rincones polvorientos que raramente se visitan –mi único esfuerzo en el terreno del relato histórico lo he realizado en relación con un oscuro presidente, James Buchanan, despreciado en vida, y que tras su muerte quedó prácticamente en el olvido, eclipsado por su sucesor, Abraham Lincoln–. Mi único esfuerzo para escribir una novela sobre las realidades planetarias, se ha orientado hacia una parte del globo, el Sahel africano, que está relativamente alejado de la conciencia de la mayor parte de los americanos, aunque la sucesión de hambrunas hace evolucionar un poco las cosas. Este es en todo caso mi punto de vista en lo referente al deber del novelista con la sociedad –hacer público lo que de otra manera hubiera permanecido en la oscuridad y ofrecer una luz más compleja, bajo diferentes ángulos, sobre cuestiones que con frecuencia se iluminan brutalmente, por parte de la derecha o de la izquierda, quedando siempre una mitad en la sombra. Nuestros impulsos y nuestras necesidades religiosas, furtivos, pero no suprimidos, supongo que entran en la categoría de los “relatos” humanos susceptibles de recibir la forma tan deliciosamente leve de las ficciones impresas.
Fuente: AA.VV., Por qué escribe usted. 200 escritores contemporáneos responden, Fuentetaja, Madrid, 2001.