
Por Fernando Aramburu
La escritura de una novela es un reto para la memoria: cada frase que uno escribe hay que tenerla en el cerebro para no incurrir en contradicciones o fallos, por eso encerrarse e imponerse un trabajo oficinesco ayuda mucho. Pero yo no soy de los que no escribe un capítulo fuera de casa. De hecho esta mañana en Granada, me he sentado en una cafetería con mi ordenador y me he levantado una página. Además, creo que huele bastante bien, aunque siempre corrijo. Pero incorporar esta pequeña producción al conjunto requerirá que me encierre de nuevo. En cambio, un trabajo periodístico lo puedo hacer en un aeropuerto, un hotel, en un avión…
Me gusta más corregir que escribir. La primera versión, con la que lleno la página en blanco, siempre es provisional. La parte placentera viene después: quitar y poner, añadir algún detalle… Desde el principio busco deliberadamente esa fase, la del cincelado. Quizás eso me viene de mi época de poeta, cuando uno centraba toda su energía en un pedazo pequeño de texto hasta lograr la estrofa redonda.